sábado, 27 de febrero de 2021

Princesa

 

“Para morir, se debe preparar la casa, recibir al niño que supimos ser.  Saber pedirle perdón por tanta traición cometida, por tanta mentira, por tanta sistemática decepción, por el ritmo perdido, por tanta belleza pasada por alto”.

Cerró el libro, no estaba preparado para tanta verdad. Enfrentar a su niño interior es algo que no había hecho nunca, que no sabía cómo hacer.  Una vez, cerró los ojos y el mundo se detuvo por un segundo.  Tuvo una visión que continuó acechándolo durante años, cada vez que bajaba la guardia volvía a aparecer esa imagen de sí mismo, un deja vú inverso, un recuerdo inventado.  Se había visto de pie, a los 6 años, vestido como princesa, sonriendo, apoyado sobre la pared, con una mano acomodando la corona de papel dorado que estaba sobre su cabeza y, mientras se mordía el labio, sonreía pícaramente. 

No, no podía ser un recuerdo, nunca lo fue.  No era él, era un alguien diferente que se parecía a él, pero no había sido nunca parte de sí mismo.  Era una princesa con un vestido rosa, ampón, acrepetado, hermoso.  Era una niña sonriente, sin complejos, feliz.  Era obvio que no era él.

Volvió al libro, releyó la línea que le señalaba la cruda realidad: “pedirle perdón por tanta traición cometida, por tanta mentira”.  Pedirle perdón al niño que, ¿supimos ser? No, no podía, porque nunca supo lo que era ser niño.  Desde siempre fue adulto.  Nació rodeado de ellos, creció imitándolos, se desenvolvió como uno más desde las primeras etapas de su vida.  Hablaba, caminaba y se expresaba como un hombre mayor.  Nunca jugó con sus pares, nunca tuvo malas influencias, no quebró vidrios ni se raspó las rodillas.  Sí, sabía montar una bicicleta, pero no para levantarla en una llanta.  Sí, sabía patear un balón, pero no para anotar goles ni driblar a sus contrincantes.  Sabía leer, lo disfrutaba, sabía apreciar la buena música, la buena comida y la no compañía. 

No, no sabía pedirle perdón al niño que no dejó ser, al pequeño que no dejó crecer dentro de sí, no sabía cómo interpretar la visión de sí mismo sonriendo con una ternura que era incapaz de sentir.  Recordaba esa imagen de nuevo, él que no era él, él vestido de princesa, él solo él, el cuarto vacío. 

Tenía 48 años, una residencia antigua en donde vivir, un negocio que le redituaba sin supervisión, una familia a la que no visitaba nunca y mucho miedo de morir: también tenía cáncer.  Se encontraba, como decía la frase, “preparando la casa”.  Estaba recordando cada momento vivido y cada decepción sufrida. Estaba recordando cada emoción suprimida, cada sonrisa reprimida, cada deseo frustrado que no se había atrevido a convertir en realidad.

Aventó el libro a la chimenea, tomó las llaves del automóvil, salió de la casa sin ponerle seguro a la puerta. Recorrió las calles buscando.  Recorrió la ciudad tratando de encontrar ese vestido rosa, ampón, acrepetado, hermoso… y lo encontró. 

Los empleados no podían evitar las risas nerviosas y cómplices a sus espaldas mientras ponían la prenda dentro de una caja.  Él la atesoró.  La llevó entre sus brazos y se dirigió de vuelta a casa.  Se detuvo en la papelería, un pliego de papel lustre color dorado sería suficiente. Llegó a su hogar.  No lo había nombrado así, hasta ahora. Ahora que era solo una carcasa que no tenía a quien heredar, un esqueleto frío que lo envolvía con sus brazos.

En lo privado de su habitación abrió la caja y desenvolvió el vestido de tules pasteles que colocó cuidadosamente sobre la cama.  Tomó el papel dorado y lo recortó como la corona que recordaba, como parte de esa realeza que genuinamente le pertenecía y que una vez estuvo lista, dejó a un lado del vestido.  No necesitaría zapatos.

Se paró frente al espejo, con dedos temblorosos fue desabotonando uno a uno sus complejos.  Dejó la ropa en el piso, bajo sus temores. Iba reconociéndose poco a poco, 48 años después, reconociendo su propia belleza pasada por alto.  Cayó el pantalón como cayeron sus miedos y se despojó de los estándares sociales en forma de trusa. Se quedó desnudo frente a sí mismo y se sonrió.  Sonrió como nunca, reflejándose luminosamente en el cristal impregnado de mercurio.

Sostuvo sobre sus manos su destino color rosa pálido.  Y se lo impuso a sí mismo sin cumplir con nadie, subió la cremallera acariciando su cuerpo.  Giró sobre sus plantas haciendo aún más amplio el círculo de los volantes. Tomó con ambas manos la corona y con una reverencia aunada a una estrambótica carcajada, la colocó sobre su cabeza.  Se vio a sí mismo como siempre quiso ser.  Mordió su labio con una sonrisa pícara.  Una lágrima recorrió su mejilla. Se aventó sobre la cama, estiró los brazos y fue feliz.

Tenía 48 años, una residencia antigua en donde morir, un negocio que le redituaría a alguna asociación, una familia que quizás lloraría en el funeral, pero ya no tenía miedo de morir: y ahora, tampoco tenía cáncer. 


lunes, 1 de febrero de 2021

Cita motivadora...

 Cuando tenía 15 años, mi papá me mandó una carta en la que escribía la siguiente cita: 

        Cuando nos va bien, nos va mal... porque el gozo es olvido. 
        Cuando nos va mal, nos va bien... porque el llanto es semilla. 

Ese retruécano me sacudió, pero no lo entendí. Ha sido a través de los años que me ha quedado claro cómo funciona: no significa que solo aquello que es fruto de un sacrificio será permanente, pero sí que el sudor, el dolor y el esfuerzo podrán sembrarse para obtener realmente resultados fructíferos. 

No es que disfrutar de algo lo convierta en banal o insustancial, al contrario.  Disfrutarlo, gozarlo momentáneamente y no darle su lugar, hará que pase desapercibido por nosotros y por ende, para todos los demás.  

Por ello es importante que nos vaya bien yéndonos mal y nos vaya un poquito mal cuando nos vaya bien, porque no todo es blanco, negro o gris... todo depende del matiz, busca y aprende a distinguir (gracias Mago de Oz); porque el justo medio es importante para no dejar pasar aquello que nos haga crecer y no minimizar los logros por más pequeños que sean. 

Porque el gozo es olvido, el llanto es semilla... y vivir es disfrutar y recolectar. 

Duelo y despedida...

Cada despedida es diferente.  Decir adiós es más fácil cuando sabes que el hola de nuevo vendrá pronto, cuando la esperanza de volverse a ve...