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miércoles, 21 de enero de 2026

Duelo y despedida...

Cada despedida es diferente.  Decir adiós es más fácil cuando sabes que el hola de nuevo vendrá pronto, cuando la esperanza de volverse a ver sigue presente, cuando un hasta pronto no se convierte en un hasta nunca.

Cada una de mis despedidas permanentes ha dolido, ha dejado un hueco en mi corazón que he llenado de recuerdos, que he cubierto con abrazos y tapiado con textos dedicados a los que ya no están.  Cada adiós definitivo me ha empapado y me ha movido, su sacudida no me dejó estática.  La reunión de seres queridos, también dolientes, algunos ausentes o dependientes, incapaces de ver qué viene después de este “se acabó”, no me deja quedarme quieta, siempre hay algo qué hacer, buscar flores, hacer un pago o resurtir el café.  Tal vez alguna pérdida me convierta en uno de ellos, cuando el dolor me incapacite y me robe las palabras, cuando la persona despedida sea más cercana, más querida, más amada.

Cada adiós, es distinto, algunos con palabras, con silencios o con lágrimas.  Algunos rodeada de personas, algunos en total soledad, con un teclado y una pantalla. Algunos adioses acompañados de oración, de peticiones al cielo, de esperanzas de vida eterna y un rosario por su alma (y las otras ánimas benditas del purgatorio).

Cada ser querido al que he despedido, cada persona que se ha ido, cada inevitable impermanencia ha estado marcada por la distancia, por el tiempo, por el deber.  Ellas despidiéndose por anticipado, él sin decir nada.  Ellas en mis años conscientes, él, en lo inconsciente de mi niñez.  Cada adiós, cada despedida, cada dolor, cada

Me llevo de todos lo que me han dejado, lo que nos ha unido y lo que me ha marcado: un ángel guardián, el sentido del humor y de reacción, la misma profesión y un aroma que hoy día, sigue vigente.  Porque lo que me quedo no es un suéter, un perfume o unas sandalias, es la compañía que arropa, la esencia que perdura y los caminos que iniciaron. Gracias, por el tramo recorrido, me toca seguir avanzando. 

sábado, 27 de febrero de 2021

Princesa

 

“Para morir, se debe preparar la casa, recibir al niño que supimos ser.  Saber pedirle perdón por tanta traición cometida, por tanta mentira, por tanta sistemática decepción, por el ritmo perdido, por tanta belleza pasada por alto”.

Cerró el libro, no estaba preparado para tanta verdad. Enfrentar a su niño interior es algo que no había hecho nunca, que no sabía cómo hacer.  Una vez, cerró los ojos y el mundo se detuvo por un segundo.  Tuvo una visión que continuó acechándolo durante años, cada vez que bajaba la guardia volvía a aparecer esa imagen de sí mismo, un deja vú inverso, un recuerdo inventado.  Se había visto de pie, a los 6 años, vestido como princesa, sonriendo, apoyado sobre la pared, con una mano acomodando la corona de papel dorado que estaba sobre su cabeza y, mientras se mordía el labio, sonreía pícaramente. 

No, no podía ser un recuerdo, nunca lo fue.  No era él, era un alguien diferente que se parecía a él, pero no había sido nunca parte de sí mismo.  Era una princesa con un vestido rosa, ampón, acrepetado, hermoso.  Era una niña sonriente, sin complejos, feliz.  Era obvio que no era él.

Volvió al libro, releyó la línea que le señalaba la cruda realidad: “pedirle perdón por tanta traición cometida, por tanta mentira”.  Pedirle perdón al niño que, ¿supimos ser? No, no podía, porque nunca supo lo que era ser niño.  Desde siempre fue adulto.  Nació rodeado de ellos, creció imitándolos, se desenvolvió como uno más desde las primeras etapas de su vida.  Hablaba, caminaba y se expresaba como un hombre mayor.  Nunca jugó con sus pares, nunca tuvo malas influencias, no quebró vidrios ni se raspó las rodillas.  Sí, sabía montar una bicicleta, pero no para levantarla en una llanta.  Sí, sabía patear un balón, pero no para anotar goles ni driblar a sus contrincantes.  Sabía leer, lo disfrutaba, sabía apreciar la buena música, la buena comida y la no compañía. 

No, no sabía pedirle perdón al niño que no dejó ser, al pequeño que no dejó crecer dentro de sí, no sabía cómo interpretar la visión de sí mismo sonriendo con una ternura que era incapaz de sentir.  Recordaba esa imagen de nuevo, él que no era él, él vestido de princesa, él solo él, el cuarto vacío. 

Tenía 48 años, una residencia antigua en donde vivir, un negocio que le redituaba sin supervisión, una familia a la que no visitaba nunca y mucho miedo de morir: también tenía cáncer.  Se encontraba, como decía la frase, “preparando la casa”.  Estaba recordando cada momento vivido y cada decepción sufrida. Estaba recordando cada emoción suprimida, cada sonrisa reprimida, cada deseo frustrado que no se había atrevido a convertir en realidad.

Aventó el libro a la chimenea, tomó las llaves del automóvil, salió de la casa sin ponerle seguro a la puerta. Recorrió las calles buscando.  Recorrió la ciudad tratando de encontrar ese vestido rosa, ampón, acrepetado, hermoso… y lo encontró. 

Los empleados no podían evitar las risas nerviosas y cómplices a sus espaldas mientras ponían la prenda dentro de una caja.  Él la atesoró.  La llevó entre sus brazos y se dirigió de vuelta a casa.  Se detuvo en la papelería, un pliego de papel lustre color dorado sería suficiente. Llegó a su hogar.  No lo había nombrado así, hasta ahora. Ahora que era solo una carcasa que no tenía a quien heredar, un esqueleto frío que lo envolvía con sus brazos.

En lo privado de su habitación abrió la caja y desenvolvió el vestido de tules pasteles que colocó cuidadosamente sobre la cama.  Tomó el papel dorado y lo recortó como la corona que recordaba, como parte de esa realeza que genuinamente le pertenecía y que una vez estuvo lista, dejó a un lado del vestido.  No necesitaría zapatos.

Se paró frente al espejo, con dedos temblorosos fue desabotonando uno a uno sus complejos.  Dejó la ropa en el piso, bajo sus temores. Iba reconociéndose poco a poco, 48 años después, reconociendo su propia belleza pasada por alto.  Cayó el pantalón como cayeron sus miedos y se despojó de los estándares sociales en forma de trusa. Se quedó desnudo frente a sí mismo y se sonrió.  Sonrió como nunca, reflejándose luminosamente en el cristal impregnado de mercurio.

Sostuvo sobre sus manos su destino color rosa pálido.  Y se lo impuso a sí mismo sin cumplir con nadie, subió la cremallera acariciando su cuerpo.  Giró sobre sus plantas haciendo aún más amplio el círculo de los volantes. Tomó con ambas manos la corona y con una reverencia aunada a una estrambótica carcajada, la colocó sobre su cabeza.  Se vio a sí mismo como siempre quiso ser.  Mordió su labio con una sonrisa pícara.  Una lágrima recorrió su mejilla. Se aventó sobre la cama, estiró los brazos y fue feliz.

Tenía 48 años, una residencia antigua en donde morir, un negocio que le redituaría a alguna asociación, una familia que quizás lloraría en el funeral, pero ya no tenía miedo de morir: y ahora, tampoco tenía cáncer. 


lunes, 1 de febrero de 2021

Cita motivadora...

 Cuando tenía 15 años, mi papá me mandó una carta en la que escribía la siguiente cita: 

        Cuando nos va bien, nos va mal... porque el gozo es olvido. 
        Cuando nos va mal, nos va bien... porque el llanto es semilla. 

Ese retruécano me sacudió, pero no lo entendí. Ha sido a través de los años que me ha quedado claro cómo funciona: no significa que solo aquello que es fruto de un sacrificio será permanente, pero sí que el sudor, el dolor y el esfuerzo podrán sembrarse para obtener realmente resultados fructíferos. 

No es que disfrutar de algo lo convierta en banal o insustancial, al contrario.  Disfrutarlo, gozarlo momentáneamente y no darle su lugar, hará que pase desapercibido por nosotros y por ende, para todos los demás.  

Por ello es importante que nos vaya bien yéndonos mal y nos vaya un poquito mal cuando nos vaya bien, porque no todo es blanco, negro o gris... todo depende del matiz, busca y aprende a distinguir (gracias Mago de Oz); porque el justo medio es importante para no dejar pasar aquello que nos haga crecer y no minimizar los logros por más pequeños que sean. 

Porque el gozo es olvido, el llanto es semilla... y vivir es disfrutar y recolectar. 

lunes, 22 de abril de 2013

Puedo escribir las indirectas más directas esta noche...


Puedo escribir las indirectas más directas esta noche.
Escribir, por ejemplo: "Que en esta noche estrellada,
necesitas más mi sonrisa que sus labios."

El viento de la noche gira en el cielo y baila.
Puedo escribir las indirectas más directas esta noche.

Yo lo quise, y a veces él también me quiso.
En las noches como ésta, lo soñé entre mis brazos,
y me besó tantas veces bajo el cielo infinito.

Él me quiso, a veces yo también lo quería.
Cómo no haber amado sus brillantes ojos chicos.

Puedo escribir las indirectas más directas esta noche.
Saber que no lo tengo. Sentir que me ha perdido.
Oir la noche inmensa, más inmensa sin él.

Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera aguardarlo.

La noche está estrellada y él no estará conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.

Mi alma está contenta con haberlo perdido.
Y para recordarlo, mis pensamientos lo buscan.
Mi corazón lo busca, y él, nunca estará conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, no seremos los mismos.

Ya no lo quiero, es cierto, pero cuánto lo quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como suya pude ser.
Sin su voz, su cuerpo claro, ni sus ojos infinitos.

Ya no lo quiero, es cierto, pero tal vez lo quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Aunque en noches como ésta me tuvo entre sus brazos,
mi alma no se atormenta por haberlo perdido.

Porque éste será el último dolor que él me causa,
y estos sean las últimas directas que yo le envío.

(Basado en: Poema XX de Pablo Neruda)

lunes, 12 de abril de 2010

Hoja en blanco

Alguna vez escuché a una ManzanaMarina hablar sobre las hojas en blanco y las mil cosas que pueden desarrollarse en ellas... Hoy tomaré lo poco que recuerdo de esa idea para llenar esta "hoja".

En un papel en blanco hay una cantidad exponencial de posibilidades para hacer algo y compromisos enormes al comenzar a escribir. En una hoja se encuentra la promesa de una obra de arte, la salida y el desahogo, el amor y la inspiración. En una hoja se encuentra el pasado, el presente y el futuro, se encuentran las ideas, los sueños, y las esperanzas.

Una hoja en blanco tiene el potencial de convertirse en cualquier cosa y nosotros tenemos la obligación de hacer realidad los sueños de esos pedazos de papel. Un texto, un dibujo, una futura obra de arte, una serie de televisión, un guión, un storyboard, una frase, cualquier cosa que no sea cualquiera.

¡Qué grande es el futuro de una hoja! y que grande también nuestra responsabilidad. Ahora entiendo por qué es tan difícil para mí decidir qué hacer frente a un papel en blanco, es porque espero no decepcionarla.

11/21 - Hasta mañana

miércoles, 6 de enero de 2010

No es que muera de amor...

No es que muera de amor, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma, de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.

Muero de ti y de mi, muero de ambos,
de nosotros, de ese,
desgarrado, partido,
me muero, te muero, lo morimos.

Morimos en mi cuarto en que estoy solo,
en mi cama en que faltas,
en la calle donde mi brazo va vacío,
en el cine y los parques, los tranvías,
los lugares donde mi hombro
acostumbra tu cabeza
y mi mano tu mano
y todo yo te sé como yo mismo.

Morimos en el sitio que le he prestado al aire
para que estés fuera de mí,
y en el lugar en que el aire se acaba
cuando te echo mi piel encima
y nos conocemos en nosotros,
separados del mundo, dichosa, penetrada,
y cierto , interminable.

Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos
entre los dos, ahora, separados,
del uno al otro, diariamente,
cayéndonos en múltiples estatuas,
en gestos que no vemos,
en nuestras manos que nos necesitan.

Nos morimos, amor, muero en tu vientre
que no muerdo ni beso,
en tus muslos dulcísimos y vivos,
en tu carne sin fin, muero de máscaras,
de triángulos oscuros e incesantes.
Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,
de nuestra muerte ,amor, muero, morimos.
En el pozo de amor a todas horas,
inconsolable, a gritos,
dentro de mi, quiero decir, te llamo,
te llaman los que nacen, los que vienen
de atrás, de ti, los que a ti llegan.
Nos morimos, amor, y nada hacemos
sino morirnos más, hora tras hora,
y escribirnos y hablarnos y morirnos.

Jaime Sabines

miércoles, 1 de julio de 2009

La ¿bella? indiferencia

Inspirado en: La belle indifférence (uno). del Señor R.

Lo vi entrar como tantas otras mañanas, bajar de su carro, estacionado frente a las puertas de vidrio que me separan de la realidad. Lo vi como siempre, caminando airosamente, con un aire frívolo y sensato, esperando en la fila, para llegar justo frente a mi. Sabia cual sería su orden, me la había aprendido desde la primera vez que lo vi entrar, la primera vez que sus ojos se cruzaron con los míos sin verlos fijamente, la primera vez que escribí: café americano grande con leche entera. Repasaba mentalmente el pedido, apuntaba su nombre en el vaso y retenía mis ganas de escribirle también mi número telefónico.. por políticas de la empresa.

Ese día todo fue diferente, entró con una camisa azul celeste que combinaba perfecto con sus ojos, esos espejos etéreos en los que deseaba reflejarme eternamente. Su rostro lucía diferente, había afeitado la barba que había lucido durante semanas, se veía radiante e incluso mas joven, llamaba más la atención, mi atención. Caminó de frente como de costumbre, perdiendo la vista entre las personas que estaban a su alrededor, buscando una excusa, un pretexto, un ideal. Llegó hasta mi y repitió las palabras de siempre: buenos días, café americano grande con leche entera, Ignacio; y yo, con una sonrisa estúpida, le agradecí la compra, sin embargo esta vez, me decidí a hacer lo que tantas noches imaginé en mis sueños: anoté mi nombre y mi número, el se retiró de mi vista mientras un nuevo cliente me dictaba una nueva orden.

Minutos, segundos o quizá instantes después escuché su voz nuevamente... nunca había oído otra palabra salir de su boca, pero esta vez lo escuché decir: ¡Diablos, no!. Dirigí mi vista hacia él, todo se paralizó, la gente a su alrededor lo miraba atento, como un bicho raro en medio de un laboratorio científico, sobre su camisa había una mancha café. Arrojó el vaso que incluía mis esperanzas de volverlo a ver a la basura, le pidió servilletas a uno de mis compañeros, agachó la cabeza hacia la mancha marrón y desapareció hacia el baño del local que volvió a la vida después de ese pequeño incidente.

No podía dejar de pensar en él, en los días, meses y años que había tardado en decidir escribirle sobre mí y cómo en segundos la información cayó en el cubo de basura junto con el resto de los desperdicios. Salió del baño. con la cara avergonzada y una mancha en su pecho, seca. Me armé de valor, salí de la barra en la que año tras año me oculté para verlo, pero desde donde nunca podría acariciarlo. Me acerque a él y traté de ponerme en su camino, pero una mujer que salía del tocador se interpuso entre nosotros, el la miró y la siguió, como un perro que sigue a su amo, iba detrás hacia la salida sin que ella lo notara, sin que se diera cuenta de su presencia, ambos salieron, uno detrás del otro, hasta desaparecer por la calle, hacia los lados que las puertas de cristal no cubren, y yo me quedé ahí, de pie, en medio del camino que no debí haber iniciado, recordando mi lugar detrás de la barra.

Volverá lo sé, al día siguiente, a la misma hora, pidiendo nuevamente la misma bebida, con la misma sonrisa y su misma mirada, como de costumbre, perdiendo la vista entre las personas que estarán a su alrededor, buscando una excusa, un pretexto, un ideal... pero yo, la de siempre, no estaré detrás del mostrador.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

martes, 24 de junio de 2008

Ensayo de un pato

Me dejabas dormir a tu lado, abriéndome un espacio en tu colchón, arropándome con tu cobija, no había nadie más que compartiera tus sueños, sólo yo. Me encantaba que me presentaras a tus amigos, mi nombre tan difícil y tan extraño hizo que me llenara de muchos apodos y así pudiera sentirme “en confianza”.

Pasamos mucho tiempo juntos, me agradaba verte feliz pero cuando me buscabas para llorar conmigo era indescriptible, me encantaba ser tu pañuelo de lágrimas y que siempre consultaras conmigo tus futuras decisiones, sólo yo fui cómplice de tus pensamientos cuando pensaste en dejar todo lo que querías y lo que tenías por buscar un futuro mejor.

Me sentí extraño al subir al camión, acababas de decirme que no vería mi hogar en mucho tiempo, y ahora todo lo que conocía se quedaba atrás y todo lo que amaba viajaba conmigo. Dormí esperando el momento de ver la luz, pero ésta tardó mucho en llegar cuando desperté no quería olvidar mi sueño. Soñaba con nuestra nueva vida juntos, con nuestro tiempo libre, nuestras nuevas aventuras, en los campamentos en los que no me separaba de ti y buscaba tu aprobación para cada movimiento.

No sé por qué confías tanto en los demás, dejaste que me conocieran, que me quisieran y luego, sin quererlo, quedé abandonado, solo y triste. Alguien que no conozco me tomó entre sus brazos, me tapó los ojos, me puso una pinza en el pico y me envolvió en tela oscura para no ver que sucedía. "Los patos no duramos una semana sin comer” sin embargo duré dos sin recibir alimentos, hasta que llegó la fecha de tu cumpleaños. Quien me había separado de ti ahora me devolvía en forma de regalo. ¿Qué no sabía que al fin y al cabo eso era en un inicio? Fui un regalo que se convirtió en amigo.

Cuando me volviste a ver, cuando me tomaste nuevamente entre tus brazos y cuando dijiste mil veces cuánto me querías supe que ese pequeño secuestro había dejado huella en nosotros, no solo en mí. Me ha costado trabajo superar esa etapa de encierro sin noticias tuyas, no nos habíamos separado nunca y en un dos por tres nos quitaron dos semanas de vida en las que creí que no volvería a verte nunca.

Cuando volví a tu vida ya no era el único en tu cama, habían dos intrusos que desconocía pero que compartían un rasgo común a mi… también eran amarillos. Si, es cierto que he tenido algunas manías después del secuestro, pero no han sido por las secuelas que éste haya dejado sino por mi reemplazo en la ausencia. Nunca te reclamé ni por el nombre raro ni por tus absurdas comparaciones, pero el hecho de saber que mi lado de la cama estaba invadida por alguien más, me hizo suponer que me habías traicionado.

Ahora que hemos vuelto a la normalidad, que pude decirle a los intrusos quién era yo, sé que todo ha sido como antes, porque ayer me tomaste de las alas me sonreíste y me dijiste: “eres el mejor pato del mundo… te quiero” me volvió la sonrisa a la cara y mis plumas recuperaron el color, a fin de cuentas seguimos siendo tú y yo, en un campamento o en otro, en un viaje o solamente al dormir a tu lado.

Seré por siempre tu Duckaldo Patorro, alias Super Ducky Tucky.


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Este fue un ensayo para la clase de Literatura Latinoamericana.. por si alguien la recuerda.

Duelo y despedida...

Cada despedida es diferente.  Decir adiós es más fácil cuando sabes que el hola de nuevo vendrá pronto, cuando la esperanza de volverse a ve...