17/07/2022
El 17 de julio de hace un año, estaba entrando a cirugía para quitarme un adenoma hipofisiario de 7.38 x 8.66 x 6.17 mm de forma trasnasal, es decir, que me sacaron un tumor de la cabeza por la nariz.
Así nomás. Hace 18
kilos y con el diagnóstico de Síndrome de Cushing por tumor de hipófisis,
estuve con una central en el cuello y pasando la noche en terapia intensiva (lo
normal para este caso). Un moco de un
tamaño diminuto que provocaba un exceso de cortisol, pasando los límites
normales (entre 100 y 200), hasta los 2000. Este cortisol, también llamado la
hormona del estrés provocaba en mí, insomnio, retención de líquidos, cambios de
temperamento, temblores, muchos moretones, descompensaciones y sobre todo baja
autoestima, me veía y me sentía tan mal que no quería ni salir de mi casa… y la
pandemia me lo cumplió.
Por años, pensé que se
me hinchaba el cuerpo porque viajaba y “cambiaba la presión”, en los últimos
viajes a la ciudad de México era tanta la inflamación de mis pies que me tenían
que inyectar para poder seguir usando los zapatos. De un día al otro ya no podía usar la misma
ropa porque simplemente no cabía.
Síntomas desapercibidos para alguien que siempre ha sido denominada gordita:
cara redonda, una joroba de grasa, hinchazón, debilidad muscular, obesidad y
estrías en el abdomen.
Postergué mi visita al
médico por meses, tenía pánico a que hubiera algo mal en mí (como al final
pasó), sin embargo, todo se fue dando de una forma tan rápida y certera que
supe que estaba en el camino y en el momento adecuados. Desde la primera visita
del doctor hasta la cirugía fueron 3 meses y medio, en los que se realizaron
todas las pruebas y análisis (sangre, orina, sangre, resonancia, más sangre),
buscar y encontrar endocrinólogo, neurólogo y hospital, hacer que la
aseguradora cubriera los gastos, agendar la cita, lograr que todo fuera en
vacaciones… 3 meses y medio que se volvieron muy intensos para hacerme a la
idea de la gravedad, pero también de la importancia y suerte de todo el
proceso.
Agradezco a todas las
manos involucradas en forma de doctores, asistentes, enfermeros y secretarias,
a las personas pendientes, a quienes me pusieron en el camino, a las visitas en
casa y los mensajes y llamadas. Agradezco a los que se quedaron conmigo porque
no podía quedarme sola, porque necesitaba estar monitoreada, me mareaba, no
tenía fuerzas ni para bajar escaleras sola.
Agradezco a mi persona, a mi cuerpo y a mi Dios.
Después de 5 días en
el hospital y con una cuenta de la que no me he recuperado financieramente, vi
la vida con otros ojos. Una vida más tranquila, más en calma, que me encaminó a
hacer otros cambios en la vida en cuestiones de trabajo, autoexigencia, hábitos
de sueño y hasta de cantidades de café.
Cambios que me permiten ir sin prisa, subiendo y bajando la escalera,
escalón por escalón; que me permiten tomar el tiempo para caminar de un lugar a
otro porque ya no puedo ir corriendo.
Cambios que me permitieron pedir ayuda, porque hay muchas cosas con las
que ya no puedo sola; cambios que me obligan a organizarme mejor porque no
puedo desvelarme con la misma energía, cambios que me hacen voltear atrás y ver
que uno no es una talla ni una imagen en el espejo, es conocer y reconocer
cuando algo en el cuerpo no está bien y afrontarlo.
Nadie sabe cuándo es
el mejor momento mas que uno mismo, a mí me sirvió escucharme y decidirme, no
bastó con las miles de veces que mis amigos me dijeron “ve a checar eso”, nadie
hizo una cita por mí. La decisión viene
de uno mismo o no llega, no es solo estar feliz y orgulloso con el cuerpo y la
talla que se tiene, es saber cuándo ese cuerpo, independientemente de cómo sea,
está fallando… es reconocerlo y hacer algo por él, a favor de uno mismo.
Pasó un año, el tumor
puede volver. Ahora solo queda estar
pendiente de las señales y seguir llevando la vida con calma y jugar a bajar
otros 18 kilos… ahora sin cortisol.