Cada despedida es diferente. Decir adiós es más fácil cuando sabes que el hola de nuevo vendrá pronto, cuando la esperanza de volverse a ver sigue presente, cuando un hasta pronto no se convierte en un hasta nunca.
Cada una de mis despedidas permanentes ha dolido, ha dejado
un hueco en mi corazón que he llenado de recuerdos, que he cubierto con abrazos
y tapiado con textos dedicados a los que ya no están. Cada adiós definitivo me ha empapado y me ha
movido, su sacudida no me dejó estática.
La reunión de seres queridos, también dolientes, algunos ausentes o
dependientes, incapaces de ver qué viene después de este “se acabó”, no me deja
quedarme quieta, siempre hay algo qué hacer, buscar flores, hacer un pago o
resurtir el café. Tal vez alguna pérdida
me convierta en uno de ellos, cuando el dolor me incapacite y me robe las
palabras, cuando la persona despedida sea más cercana, más querida, más amada.
Cada adiós, es distinto, algunos con palabras, con silencios
o con lágrimas. Algunos rodeada de
personas, algunos en total soledad, con un teclado y una pantalla. Algunos
adioses acompañados de oración, de peticiones al cielo, de esperanzas de vida
eterna y un rosario por su alma (y las otras ánimas benditas del purgatorio).
Cada ser querido al que he despedido, cada persona que se ha
ido, cada inevitable impermanencia ha estado marcada por la distancia, por el
tiempo, por el deber. Ellas
despidiéndose por anticipado, él sin decir nada. Ellas en mis años conscientes, él, en lo
inconsciente de mi niñez. Cada adiós,
cada despedida, cada dolor, cada
Me llevo de todos lo que me han dejado, lo que nos ha unido
y lo que me ha marcado: un ángel guardián, el sentido del humor y de reacción, la
misma profesión y un aroma que hoy día, sigue vigente. Porque lo que me quedo no es un suéter, un
perfume o unas sandalias, es la compañía que arropa, la esencia que perdura y
los caminos que iniciaron. Gracias, por el tramo recorrido, me toca seguir
avanzando.