Inspirado en:
La belle indifférence (uno). del Señor R.
Lo vi entrar como tantas otras mañanas, bajar de su carro, estacionado frente a las puertas de vidrio que me separan de la realidad. Lo vi como siempre, caminando airosamente, con un aire frívolo y sensato, esperando en la fila, para llegar justo frente a mi. Sabia cual sería su orden, me la había aprendido desde la primera vez que lo vi entrar, la primera vez que sus ojos se cruzaron con los míos sin verlos fijamente, la primera vez que escribí: café americano grande con leche entera. Repasaba mentalmente el pedido, apuntaba su nombre en el vaso y retenía mis ganas de escribirle también mi número telefónico.. por políticas de la empresa.
Ese día todo fue diferente, entró con una camisa azul celeste que combinaba perfecto con sus ojos, esos espejos etéreos en los que deseaba reflejarme eternamente. Su rostro lucía diferente, había afeitado la barba que había lucido durante semanas, se veía radiante e incluso mas joven, llamaba más la atención, mi atención. Caminó de frente como de costumbre, perdiendo la vista entre las personas que estaban a su alrededor, buscando una excusa, un pretexto, un ideal. Llegó hasta mi y repitió las palabras de siempre: buenos días, café americano grande con leche entera, Ignacio
; y yo, con una sonrisa estúpida, le agradecí la compra, sin embargo esta vez, me decidí a hacer lo que tantas noches imaginé en mis sueños: anoté mi nombre y mi número, el se retiró de mi vista mientras un nuevo cliente me dictaba una nueva orden.
Minutos, segundos o quizá instantes después escuché su voz nuevamente... nunca había oído otra palabra salir de su boca, pero esta vez lo escuché decir: ¡Diablos, no!. Dirigí mi vista hacia él, todo se paralizó, la gente a su alrededor lo miraba atento, como un bicho raro en medio de un laboratorio científico, sobre su camisa había una mancha café. Arrojó el vaso que incluía mis esperanzas de volverlo a ver a la basura, le pidió servilletas a uno de mis compañeros, agachó la cabeza hacia la mancha marrón y desapareció hacia el baño del local que volvió a la vida después de ese pequeño incidente.
No podía dejar de pensar en él, en los días, meses y años que había tardado en decidir escribirle sobre mí y cómo en segundos la información cayó en el cubo de basura junto con el resto de los desperdicios. Salió del baño. con la cara avergonzada y una mancha en su pecho, seca. Me armé de valor, salí de la barra en la que año tras año me oculté para verlo, pero desde donde nunca podría acariciarlo. Me acerque a él y traté de ponerme en su camino, pero una mujer que salía del tocador se interpuso entre nosotros, el la miró y la siguió, como un perro que sigue a su amo, iba detrás hacia la salida sin que ella lo notara, sin que se diera cuenta de su presencia, ambos salieron, uno detrás del otro, hasta desaparecer por la calle, hacia los lados que las puertas de cristal no cubren, y yo me quedé ahí, de pie, en medio del camino que no debí haber iniciado, recordando mi lugar detrás de la barra.
Volverá lo sé, al día siguiente, a la misma hora, pidiendo nuevamente la misma bebida, con la misma sonrisa y su misma mirada, como de costumbre, perdiendo la vista entre las personas que estarán a su alrededor, buscando una excusa, un pretexto, un ideal... pero yo, la de siempre, no estaré detrás del mostrador.