sábado, 24 de noviembre de 2012

Los temibles dentistas

Cada primer sábado de mes yo despertaba bajo la cama (no bajo las cobijas), escondiéndome para que no me llevaran con el dentista, agarrando con todas mis fuerzas las cobijas, el colchón y la cama completa para que no me separaran de ella y me llevaran al cuarto blanco con herramientas medievales de tortura, hubo veces en que yo no despertaba en mi cama sino en el coche, camino al tenebroso lugar del tornilloperforadientes.. ¡cómo no tener miedo!  Una niña como yo, amante de los dulces, los chocolates y enemigo a muerte de los cepillos de dientes y el fluor escolar.

En fin, en cuanto cobre conciencia y control de mis decisiones, cambié las visitas regulares por cepillarme los dientes 3 veces al día, usar enjuague bucal e hilo dental a fin de evitar las dolorosas visitas al dentista.  Pero no resultó como esperaba; aunque las muelas del juicio me salieron sin molestias ni dolor y aunque creía no necesitarlo, un día, en año nuevo, me decidí a regresar al dentista, hacer la revisión y todo lo demás.  Durante 6 meses tuve visitas regulares en las que descubrí que tenía (a los 25 años) ¡un diente de leche! y hubiera seguido yendo porque Ale, mi dentista, me trataba con amor y cariño (más mil dosis de anestesia) sin embargo, huyó.. y se fue a su propio consultorio en el otro lado de la ciudad, lo suficientemente lejos como para no poder ir... y así fue.

Pero la historia de los dentistas no quedó ahí.  Tenía una muela del juicio que necesitaba ser extraída, pero no tenía ganas de hacerlo.. así que lo postergué hasta que fue inevitable pues, un día de diciembre, en un pueblo perdido en la nada, disfrutaba de un excelso taco de birria con mucho limón cuando una semilla traviesa encontró en mi muela un espacio apacible para reposar y.. al morder, se incrustó en él haciendo un hueco muy doloroso para mí.. El ketorolaco fue mi salvación por unos días pero no podía resistirme más ante la necesidad de ir al dentista y que me sacara la muela, así que lo hice.  Fui al dentista y durante la extracción, sufrí más que al morder la semilla.  No hubo suficiente anestesia y se fue la luz a mitad del procedimiento.  Al final.. me quedé con mi muelita en un lindo empaque de plástico.

Desde entonces, sigo evitándolos. 

viernes, 23 de noviembre de 2012

El oftalmólogo...

Corría el año del 2006 cuando empecé a ver borroso, a necesitar un mayor zoom en la computadora, a disminuir el brillo de la pantalla y a usar lentes oscuros porque el sol me hacía llorar. Fui al doctor (uno muy malo por cierto) y me diagnóstico con conjuntivitis, gotitas a equis hora y lentes de sol en todo momento no me convencieron.  Meses después, yo seguía igual... o peor.  Los días pasaban y yo buscaba un buen doctor (con ánimos de no encontrarlo), preguntaba por contactos, direcciones, horarios y costos y nadie parecía ser lo suficientemente bueno.  Un día, un amigo me platicaba de su oftalmólogo favorito, de lo bueno que era y de cómo lo había ayudado, le pedí el teléfono y me dijo: "no sé si te atienda, es oftalmólogo pediatra", a lo que respondí: "mejor, si es bueno con los niños, lo será conmigo también". Y agendé una cita.

La primera cita la recuerdo a la perfección.  Estaba sentada rodeada de mamás, había una salita con juegos y juguetes donde los niños esperaban mientras las mamás estaban sentadas viendo en televisión la última telenovela. Cuando entré, el doctor Victor me hizo un análisis preliminar incluía fotos de las córneas, el iris, gotas de colores y fluorescencias. Salí con las pupilas dilatadas, una idea de lo mal que estaba y 2 botes con gotas.

Víctor del Villar se ganó mi aprecio y mi cariño no solo por mandarme correos de felicitación en cada cumpleaños o por agregarme a Facebook, ni por la paleta de dulce que me daba a final de cada consulta, no.  Me encariñé con él porque me trataba con cariño y cuidado, se preocupaba por mí y por mi salud.  Gracias a él conocí más de 20 diferentes tipos de medicinas oftálmicas y me sentía laboratorista al hacer las combinaciones de flarex al 25, 50, 75 y 100 por ciento y fue así como, durante casi un año, fui continuamente a su consultorio, puntualmente cada semana o 15 días o cada mes dependiendo de las medicinas.

Me ayudó a restaurar el 80% del daño y luego me dijo lo que no esperaba: "ya no puedo hacer nada más por ti". Sufrí por su declaración, no quería dejar de verlo, los viajes en camión y la espera del último turno se habían hecho parte de mi rutina y ahora tenía que abandonarlo.  Me recomendó a su hijo, quien a su vez, me refirió a otro corneólogo "más capaz" y que si podría ayudarme... pero no fue así.

Seguí la recomendación y fui a una consulta, una sola, que fue suficiente para que no quisiera regresar nunca.  un elegante pero frío lugar en el que la secretaria/recepcionista no sonreía.  Entré al lugar acompañada de una amiga que se sentó a ver en las televisiones del consultorio las imágenes agrandadas de mi ojo.  Ella pudo ver claramente las manchas y laceraciones de mi córnea.  La recuerdo sentada, dando vueltas en la silla giratoria mientras yo estaba acostada en un sillón de dentista con una cámara pequeña muy cerca al ojo.   En algún momento de la revisión, dijo: "Tienes queratosis punteada superficial de Tiggeson" y así supe cómo se llamaba mi enfermedad.  Lo siguiente importante fue: "Sigue aplicando las mismas gotas (ésas que él no me había recetado) y vuelve en dos semanas.  Pasa a la recepción para agendar y pagar la consulta".  Cabe señalar que no volví.

Pero ahí no termina la historia de los oftalmólogos... A pesar de mi mala experiencia al perder a un excelente  doctor y cambiarlo por uno al que no iba a volver, conocí a uno mas, una recomendación llegó después de leer cómo veía y qué me pasaba.  Uno que me dio 3 opciones: 1) continuar con el uso eterno de gotas, 2) disolución de las capas corneales y 3) trasplante de córnea.  Elegí la segunda opción, no sé cómo ni sé por qué pero elegí la operación.  Conociéndome, el miedo debió ganarme e irme por la primera, pero no.. elegí la segunda. Así que, firmé La carta consentimiento bajo información.  Estuve 3 días en cuarto oscuro, bajo el cuidado y la alimentación de mi mamá, sin exponerme a cambios de luz, ni movimientos bruscos, 60% del día dormida porque no había nada que hacer: ni leer, ver televisión, navegar o chatear en internet ni nada por el estilo.  Pero la córnea se regeneró satisfactoriamente y volví a ver como antes. Y fui feliz =).

Si, fui feliz... al menos un tiempo, el tiempo suficiente para acostumbrarme nuevamente a la nubosidad de mi visión, al uso de lentes oscuros de día y el uso continuo de gotas para lubricar los ojos.  La córnea se regeneró satisfactoriamente pero la enfermedad reapareció con ella.  El doctor me lo había advertido: podía ser una enfermedad autoinmune y volver cuando la córnea estuviera completa... y sobre advertencia no hay engaño.  De ello hace 4 años... ya me acostumbré a mi forma de ver y a los rituales para controlarlo, pero volver a un consultorio es algo que, a la fecha, aún no decido hacer, de nuevo. 

Hola, soy Ana Itza.. y no me gusta ir al médico

No me gusta ir al doctor ¿por qué? bueno, si supiera todo sería más fácil, pero no sé... no soy consciente de ello.  Soy consciente de las veces que he ido a consulta, que he estado en manos de uno o dos o más médicos, que he sufrido antes de decidirme a ir a visitarlos y que he disfrutado de salud feliz después de verlos. Pero mi historia con los médicos va más allá de mi otitis crónica, de mi queratosis punteada superficial o de mi rehabilitación de la rodilla.

La espera en cada consultorio y en cada sala con televisión y revistas de modas o noticias de la farándula; el tedio de las visitas y la rutina de los medicamentos, el reposo obligado, la tortura psicológica... tantos y tantos momentos que recordar y otros tantos que olvidar.. pero que plasmaré aquí a fin de descubrir, en una especie de "regresión", por qué no me gusta ir al doctor, por qué me rehúso muy conscientemente a pisar un consultorio o hacer una visita al médico.  Desfilarán en este blog todas mis experiencias médicas.. sin orden temporal, clasificadas por el daño o por los años.. pero más probablemente por los casos a los que no pude resistirme y tuve que doblar las manitas e ir a ver "al dottor"...

Así que... Empezamos...

jueves, 8 de noviembre de 2012

25 cosas tontas que me hacen feliz


  1. Las luces con sensor de movimiento que se prenden solas
  2. Hablar sola cuando camino
  3. Cocinar e inventar nuevas recetas
  4. Cantar en voz alta
  5. Reconocer la tipografía de los letreros de la calle
  6. Encontrar covers raros de buenas canciones y compartirlos
  7. Ver a los niños pequeños correr y reir
  8. Acostarme en el piso/pasto y ver a la nada
  9. Romper piñatas
  10. Jugar juegos de mesa
  11. Los chistes malos
  12. Harold's Planet
  13. Cargar bebés
  14. Alburear gente
  15. Hacer listas de listas sobre listas de cualquier cosa
  16. Bañarme con agua muy caliente
  17. Reirme nomás porque sí
  18. Escribir en papel (no compu, no cel)
  19. Hacer el súper
  20. Pintarme las uñas
  21. Recibir flores
  22. Lavar ropa
  23. Oir historias, cuentos y anécdotas
  24. Encontrar caritas felices en la calle
  25. Enamorarme

lunes, 5 de noviembre de 2012

Despertar

Y de repente, un día, de súbito, sin querer, descubres que esa realidad a la que tanto te aferrabas no era más que un sueño, una ilusión.  Despiertas.  Buscas los detalles que tan vívidamente recordabas pero que poco a poco se disuelven en el pasado, se borran en la memoria y se difuminan en su impacto en la realidad.

Un día, abres los ojos, buscas esas pistas que te hacían creer que todo era cierto y te das cuenta que no es así, no hay señales, nunca existieron, los mensajes subliminales no están ahí, las acciones, los hechos, lo concreto se vuelve abstracto, difuso, inalcanzable. Nunca nada fue verdad aunque te empeñabas en decir que si.

Un día, cualquiera, sin elegir uno entre todos, sin que sea un día especial, tomas la pastilla roja de la realidad y descubres que esas sonrisas y esas miradas no ocultan nada y no hay más que buscar.  Entras a un mundo menos agradable pero más real... pero no duele.

Despiertas y te das cuenta que el sueño quedó atrás, que fue muy lindo pero no fue real, y te desprendes de él como se pierden las ganas de hacer ejercicio o de mantener la dieta... dejas ir esa ilusión poco a poco, sin querer mantenerla, hasta que un día despiertas (porque lo haces), y abres los ojos (porque lo haces) y descubres que.. aunque quieras mantenerlo por siempre, no queda más que el recuerdo de lo que, en realidad, nunca fue.

Así, sin puntos suspensivos.

Miércoles

Los miércoles tienen cierta magia, tienen su manera única de hacer sentir bien... Tienen esa dosis de autoestima que hace esperar ansiosa su llegada. Si, lo sé, estoy domesticada.

Espero cada miércoles, espero que llegue, que aparezca frente a mi puerta, que me abrace, me sujete y me haga sonreír. Espero que el miércoles haga de las suyas y traiga las sorpresas que le faltaban a la semana.

Esos miércoles que hacen que la semana fluya con lentitud y rapidez, que la parten y dividen con suavidad y sin querer. Lunes y martes de martirio y de espera, jueves y viernes de alegría y emoción..

Miércoles, tú, que me arropas en tus manos y que influyes en mis ánimos.. tú, que sabes quién y cómo eres... yo que me dejo llevar. Miércoles.. pretexto para todo lo demás.

miércoles, 17 de octubre de 2012

No más

No me abraces, porque cuando lo haces creo que el mundo es perfecto y no lo es.  No vuelvas a acercarte a mí como lo haces siempre, con la misma mirada y la estúpida sonrisa que me enamora.  No camines hacia a mí como si todo estuviera bien porque sabes que no es cierto.  No quiero volver a caer, porque soy lo suficientemente tonta para hacerlo.  No quiero que me mires, ni que me hables, ni que me abraces.. porque ya lloré en tus brazos una vez y creo que una vez es suficiente.

No voy a derramar una lágrima más por ti, aunque mis ojos estén vidriosos y cubiertos de agua.. no rodará ninguna gota por mi mejilla. 

No habrá más pretextos, más búsquedas, más esperas.. no habrá más esperanzas, más expectativas ni más ilusiones.  No habrá más abrazos... porque no puedo soportarlos... sentir tu corazón y el mío latiendo al mismo ritmo... apuntando a lados diferentes.


Duelo y despedida...

Cada despedida es diferente.  Decir adiós es más fácil cuando sabes que el hola de nuevo vendrá pronto, cuando la esperanza de volverse a ve...