Yo soy esa princesa que esperaba, dormida, que el príncipe azul llegara y la despertara con un beso. Esa mujer con muchas ilusiones y sin alguien con quien compartirlas. Esa que huía de los compromisos después de medianoche. Esa que no creía en la magia del amor.
Y después de besar a tantos príncipes azules descoloridos y decolorados, de tropezar y caer por culpa de las zapatillas de cristal, de enamorarme de bestias que jamás cambiaron, de cortarme el cabello que nunca ha dejado de crecer, de perder mi propia voz por tratar de ser como otros querían; por fin aprendí a no creer en los cuentos de hada.
Después de tanto tiempo perdido, un día cualquiera tropecé, como sin querer, con lo que tanto tiempo busqué, lo que más esperaba llegó, cuando estaba más segura de no necesitarlo. Así, de la nada, encontré al sapo que debía besar. El sapo del cuento que nadie lee, el que no se distingue por matar dragones, un sapo como cualquier otro sapo… pero mío.
Y desde entonces no ha sido necesario ganar batallas contra hunos (u otros), ni defender mi espacio de tu invasión, ahora no tengo que lidiar con hadas madrinas o brujas malvadas. Antes cerraba los ojos para imaginarte y hoy los abro para no perderme ningún detalle de ti. Y es que… ¿Qué son los sapos sí no son príncipes encantados?