Corría el año del 2006 cuando empecé a ver borroso, a necesitar un mayor zoom en la computadora, a disminuir el brillo de la pantalla y a usar lentes oscuros porque el sol me hacía llorar. Fui al doctor (uno muy malo por cierto) y me diagnóstico con conjuntivitis, gotitas a equis hora y lentes de sol en todo momento no me convencieron. Meses después, yo seguía igual... o peor. Los días pasaban y yo buscaba un buen doctor (con ánimos de no encontrarlo), preguntaba por contactos, direcciones, horarios y costos y nadie parecía ser lo suficientemente bueno. Un día, un amigo me platicaba de su oftalmólogo favorito, de lo bueno que era y de cómo lo había ayudado, le pedí el teléfono y me dijo: "no sé si te atienda, es oftalmólogo pediatra", a lo que respondí: "mejor, si es bueno con los niños, lo será conmigo también". Y agendé una cita.
La primera cita la recuerdo a la perfección. Estaba sentada rodeada de mamás, había una salita con juegos y juguetes donde los niños esperaban mientras las mamás estaban sentadas viendo en televisión la última telenovela. Cuando entré, el doctor Victor me hizo un análisis preliminar incluía fotos de las córneas, el iris, gotas de colores y fluorescencias. Salí con las pupilas dilatadas, una idea de lo mal que estaba y 2 botes con gotas.
Víctor del Villar se ganó mi aprecio y mi cariño no solo por mandarme correos de felicitación en cada cumpleaños o por agregarme a Facebook, ni por la paleta de dulce que me daba a final de cada consulta, no. Me encariñé con él porque me trataba con cariño y cuidado, se preocupaba por mí y por mi salud. Gracias a él conocí más de 20 diferentes tipos de medicinas oftálmicas y me sentía laboratorista al hacer las combinaciones de flarex al 25, 50, 75 y 100 por ciento y fue así como, durante casi un año, fui continuamente a su consultorio, puntualmente cada semana o 15 días o cada mes dependiendo de las medicinas.
Me ayudó a restaurar el 80% del daño y luego me dijo lo que no esperaba: "ya no puedo hacer nada más por ti". Sufrí por su declaración, no quería dejar de verlo, los viajes en camión y la espera del último turno se habían hecho parte de mi rutina y ahora tenía que abandonarlo. Me recomendó a su hijo, quien a su vez, me refirió a otro corneólogo "más capaz" y que si podría ayudarme... pero no fue así.
Seguí la recomendación y fui a una consulta, una sola, que fue suficiente para que no quisiera regresar nunca. un elegante pero frío lugar en el que la secretaria/recepcionista no sonreía. Entré al lugar acompañada de una amiga que se sentó a ver en las televisiones del consultorio las imágenes agrandadas de mi ojo. Ella pudo ver claramente las manchas y laceraciones de mi córnea. La recuerdo sentada, dando vueltas en la silla giratoria mientras yo estaba acostada en un sillón de dentista con una cámara pequeña muy cerca al ojo. En algún momento de la revisión, dijo: "Tienes queratosis punteada superficial de Tiggeson" y así supe cómo se llamaba mi enfermedad. Lo siguiente importante fue: "Sigue aplicando las mismas gotas (ésas que él no me había recetado) y vuelve en dos semanas. Pasa a la recepción para agendar y pagar la consulta". Cabe señalar que no volví.
Pero ahí no termina la historia de los oftalmólogos... A pesar de mi mala experiencia al perder a un excelente doctor y cambiarlo por uno al que no iba a volver, conocí a uno mas, una recomendación llegó después de leer
cómo veía y qué me pasaba. Uno que me dio 3 opciones: 1) continuar con el uso eterno de gotas, 2) disolución de las capas corneales y 3) trasplante de córnea. Elegí la segunda opción, no sé cómo ni sé por qué pero elegí la operación. Conociéndome, el miedo debió ganarme e irme por la primera, pero no.. elegí la segunda. Así que, firmé
La carta consentimiento bajo información. Estuve 3 días en cuarto oscuro, bajo el cuidado y la alimentación de mi mamá, sin exponerme a cambios de luz, ni movimientos bruscos, 60% del día dormida porque no había nada que hacer: ni leer, ver televisión, navegar o chatear en internet ni nada por el estilo. Pero la córnea se regeneró satisfactoriamente y volví a ver como antes. Y fui feliz =).
Si, fui feliz... al menos un tiempo, el tiempo suficiente para acostumbrarme nuevamente a la nubosidad de mi visión, al uso de lentes oscuros de día y el uso continuo de gotas para lubricar los ojos. La córnea se regeneró satisfactoriamente pero la enfermedad reapareció con ella. El doctor me lo había advertido: podía ser una enfermedad autoinmune y volver cuando la córnea estuviera completa... y sobre advertencia no hay engaño. De ello hace 4 años... ya me acostumbré a mi forma de ver y a los rituales para controlarlo, pero volver a un consultorio es algo que, a la fecha, aún no decido hacer, de nuevo.