Amo ser maestra, amo entrar a un salón de clases, preparar actividades y hasta calificar trabajos tediosos y mal escritos. Amo tener cada semestre personas nuevas de las cuales aprender. Amo tener retos llamados nuevos planes de estudio, nuevas materias, grupos difíciles o personas con dificultades para aprender.
Amo ayudarlos a descubrir lo que les gusta (o no), el potencial que tienen, perder el miedo y volver a intentar. Amo hacer que mis alumnos se enfrenten a sí mismos y logren lo que creían que era imposible. Amo sufrir con las fechas límite y usarlas de pretexto para tomarme un café mientras leo ensayos, para mancharme las manos con tinta roja o para sorprenderme porque hicieron algo que no creían que fueran capaces de hacer.
Amo comprar plumas de colores y lápices decorados para darlos de premio, repartir chocolates y compartirles paletas chiclosas. Amo buscar pretextos para hacer clases más divertidas, para jugar con ellos, para hacer interacciones sustanciosas. Amo generar aprendizajes, sueños y metas.
Soy maestra, porque no puedo ser alumna toda la vida.
Soy una máquina de trabajo que funciona con chocolate, café, dulces, chistes malos, abrazos, películas, series, cosas cursis, aire libre, charlas amenas y magia... Yo sí creo en las hadas.
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