“Para morir, se debe preparar la
casa, recibir al niño que supimos ser.
Saber pedirle perdón por tanta traición cometida, por tanta mentira, por
tanta sistemática decepción, por el ritmo perdido, por tanta belleza pasada por
alto”.
Cerró el libro, no estaba preparado para tanta verdad.
Enfrentar a su niño interior es algo que no había hecho nunca, que no sabía
cómo hacer. Una vez, cerró los ojos y el
mundo se detuvo por un segundo. Tuvo una
visión que continuó acechándolo durante años, cada vez que bajaba la guardia
volvía a aparecer esa imagen de sí mismo, un deja vú inverso, un recuerdo inventado. Se había visto de pie, a los 6 años, vestido
como princesa, sonriendo, apoyado sobre la pared, con una mano acomodando la
corona de papel dorado que estaba sobre su cabeza y, mientras se mordía el
labio, sonreía pícaramente.
No, no podía ser un recuerdo, nunca lo fue. No era él, era un alguien diferente que se parecía
a él, pero no había sido nunca parte de sí mismo. Era una princesa con un vestido rosa, ampón, acrepetado,
hermoso. Era una niña sonriente, sin
complejos, feliz. Era obvio que no era
él.
Volvió al libro, releyó la línea que le señalaba la cruda realidad:
“pedirle perdón por tanta traición cometida, por tanta mentira”. Pedirle perdón al niño que, ¿supimos ser? No,
no podía, porque nunca supo lo que era ser niño. Desde siempre fue adulto. Nació rodeado de ellos, creció imitándolos,
se desenvolvió como uno más desde las primeras etapas de su vida. Hablaba, caminaba y se expresaba como un
hombre mayor. Nunca jugó con sus pares,
nunca tuvo malas influencias, no quebró vidrios ni se raspó las rodillas. Sí, sabía montar una bicicleta, pero no para
levantarla en una llanta. Sí, sabía
patear un balón, pero no para anotar goles ni driblar a sus contrincantes. Sabía leer, lo disfrutaba, sabía apreciar la
buena música, la buena comida y la no compañía.
No, no sabía pedirle perdón al niño que no dejó ser, al
pequeño que no dejó crecer dentro de sí, no sabía cómo interpretar la visión de
sí mismo sonriendo con una ternura que era incapaz de sentir. Recordaba esa imagen de nuevo, él que no era
él, él vestido de princesa, él solo él, el cuarto vacío.
Tenía 48 años, una residencia antigua en donde vivir, un
negocio que le redituaba sin supervisión, una familia a la que no visitaba
nunca y mucho miedo de morir: también tenía cáncer. Se encontraba, como decía la frase,
“preparando la casa”. Estaba recordando
cada momento vivido y cada decepción sufrida. Estaba recordando cada emoción
suprimida, cada sonrisa reprimida, cada deseo frustrado que no se había
atrevido a convertir en realidad.
Aventó el libro a la chimenea, tomó las llaves del
automóvil, salió de la casa sin ponerle seguro a la puerta. Recorrió las calles
buscando. Recorrió la ciudad tratando de
encontrar ese vestido rosa, ampón, acrepetado, hermoso… y lo encontró.
Los empleados no podían evitar las risas nerviosas y
cómplices a sus espaldas mientras ponían la prenda dentro de una caja. Él la atesoró. La llevó entre sus brazos y se dirigió de
vuelta a casa. Se detuvo en la
papelería, un pliego de papel lustre color dorado sería suficiente. Llegó a su
hogar. No lo había nombrado así, hasta
ahora. Ahora que era solo una carcasa que no tenía a quien heredar, un
esqueleto frío que lo envolvía con sus brazos.
En lo privado de su habitación abrió la caja y desenvolvió
el vestido de tules pasteles que colocó cuidadosamente sobre la cama. Tomó el papel dorado y lo recortó como la
corona que recordaba, como parte de esa realeza que genuinamente le pertenecía
y que una vez estuvo lista, dejó a un lado del vestido. No necesitaría zapatos.
Se paró frente al espejo, con dedos temblorosos fue desabotonando
uno a uno sus complejos. Dejó la ropa en
el piso, bajo sus temores. Iba reconociéndose poco a poco, 48 años después,
reconociendo su propia belleza pasada por alto.
Cayó el pantalón como cayeron sus miedos y se despojó de los estándares
sociales en forma de trusa. Se quedó desnudo frente a sí mismo y se
sonrió. Sonrió como nunca, reflejándose
luminosamente en el cristal impregnado de mercurio.
Sostuvo sobre sus manos su destino color rosa pálido. Y se lo impuso a sí mismo sin cumplir con
nadie, subió la cremallera acariciando su cuerpo. Giró sobre sus plantas haciendo aún más
amplio el círculo de los volantes. Tomó con ambas manos la corona y con una
reverencia aunada a una estrambótica carcajada, la colocó sobre su cabeza. Se vio a sí mismo como siempre quiso
ser. Mordió su labio con una sonrisa
pícara. Una lágrima recorrió su mejilla.
Se aventó sobre la cama, estiró los brazos y fue feliz.
Tenía 48 años, una residencia antigua en donde morir, un
negocio que le redituaría a alguna asociación, una familia que quizás lloraría
en el funeral, pero ya no tenía miedo de morir: y ahora, tampoco tenía
cáncer.