Soy una máquina de trabajo que funciona con chocolate, café, dulces, chistes malos, abrazos, películas, series, cosas cursis, aire libre, charlas amenas y magia... Yo sí creo en las hadas.
martes, 27 de agosto de 2024
Good girls
martes, 24 de octubre de 2023
Se acabó
Hubo una vez una historia que comenzó como un cuento de hadas. Dos personas que se vieron a los ojos y encontraron en la soledad del otro el reflejo de sí mismos. Dos vacíos que quisieron llenarse mutuamente. Dos entes incompletos que querían hacerse uno, que mientras más daban, menos tenían.
Una historia de deseo y amor, con errores de uno que le dolían al otro, quien respondía con mentiras y engaños para hacer perder al uno. No hubo abusos, no hubo violencias, no hubo presión, pero tampoco crecimiento, ni logros, ni sueños cumplidos. Hubo lágrimas y momentos felices. Muchos de cada uno, pero poco de ambos, al mismo tiempo. Hubo planes que se diluyeron con el tiempo y acuerdos que nunca dejaron de ser palabras.
Hubo una historia y tuvo un final, que no necesariamente es feliz. Un final, porque todo se acaba, aunque uno no quiera, porque el amor tiene fin, aunque el otro lo niegue. Hubo, pero ya no hay... porque ni el amor, ni las palabras, ni los deseos, ni las personas fueron suficientes.
Se acabó.
Y con el final llegaron las noches sin lágrimas, sin angustia, sin desvelos. Llegaron los días vacíos, libres y sin otros planes más que ser uno mismo. Se fueron las noches de acción e imaginación sin límite y llegaron los recuerdos y las memorias.
Se acabó y comenzó el dolor que se camuflaba para no irse, queriendo quedarse y calar hondo. Se acabó y el sufrimiento que apenas iniciaba ya asfixiaba. Porque cada final es un inicio, de lo mismo pero diferente forma. Amor, dolor, pasión, sufrimiento... inicio, final. Todo y nada... Él y yo.
jueves, 16 de marzo de 2023
Los objetos tienen alma
Los objetos tienen alma
Se cubren con polvo esperando que alguien llegue y los descubra, los tome entre las manos y con un soplo de aire les quite el polvo acumulado, desean que las manos los acaricien aun que sea con un trapo intermediario. Desean ser vistos, reconocidos, recordados y mientras tanto se hacen pequeños, camuflados, se van haciendo invisibles a los ojos de quienes se han acostumbrado a ellos. Desean ser vistos, pero se ocultan. Desean ser amados, pero se esconden. Es hasta que una mano amable los toca, los limpia, los usa... y así vuelven a vida.
Los objetos olvidados se hacen inútiles, se sienten solos, desechados y se descomponen porque el tiempo los va obligando a olvidar cómo funcionan, para qué están hechos, cuál es su sazón de ser. Los objetos olvidados se deterioran, el corazón se les alenta, la vida se les acorta, la tierra los envuelve y en lugar de unas manos tienen al polvo de cobija.
Los objetos tienen alma, pero se cubre y se encierra en sí misma, evitando la vergüenza de no saberse útiles ni queridos, ni usados o reconocidos... muy parecido al ser humano.
miércoles, 15 de marzo de 2023
Soy maestra...
Amo ayudarlos a descubrir lo que les gusta (o no), el potencial que tienen, perder el miedo y volver a intentar. Amo hacer que mis alumnos se enfrenten a sí mismos y logren lo que creían que era imposible. Amo sufrir con las fechas límite y usarlas de pretexto para tomarme un café mientras leo ensayos, para mancharme las manos con tinta roja o para sorprenderme porque hicieron algo que no creían que fueran capaces de hacer.
Amo comprar plumas de colores y lápices decorados para darlos de premio, repartir chocolates y compartirles paletas chiclosas. Amo buscar pretextos para hacer clases más divertidas, para jugar con ellos, para hacer interacciones sustanciosas. Amo generar aprendizajes, sueños y metas.
Soy maestra, porque no puedo ser alumna toda la vida.
domingo, 17 de julio de 2022
Un año de cushing
17/07/2022
El 17 de julio de hace un año, estaba entrando a cirugía para quitarme un adenoma hipofisiario de 7.38 x 8.66 x 6.17 mm de forma trasnasal, es decir, que me sacaron un tumor de la cabeza por la nariz.
Así nomás. Hace 18
kilos y con el diagnóstico de Síndrome de Cushing por tumor de hipófisis,
estuve con una central en el cuello y pasando la noche en terapia intensiva (lo
normal para este caso). Un moco de un
tamaño diminuto que provocaba un exceso de cortisol, pasando los límites
normales (entre 100 y 200), hasta los 2000. Este cortisol, también llamado la
hormona del estrés provocaba en mí, insomnio, retención de líquidos, cambios de
temperamento, temblores, muchos moretones, descompensaciones y sobre todo baja
autoestima, me veía y me sentía tan mal que no quería ni salir de mi casa… y la
pandemia me lo cumplió.
Por años, pensé que se
me hinchaba el cuerpo porque viajaba y “cambiaba la presión”, en los últimos
viajes a la ciudad de México era tanta la inflamación de mis pies que me tenían
que inyectar para poder seguir usando los zapatos. De un día al otro ya no podía usar la misma
ropa porque simplemente no cabía.
Síntomas desapercibidos para alguien que siempre ha sido denominada gordita:
cara redonda, una joroba de grasa, hinchazón, debilidad muscular, obesidad y
estrías en el abdomen.
Postergué mi visita al
médico por meses, tenía pánico a que hubiera algo mal en mí (como al final
pasó), sin embargo, todo se fue dando de una forma tan rápida y certera que
supe que estaba en el camino y en el momento adecuados. Desde la primera visita
del doctor hasta la cirugía fueron 3 meses y medio, en los que se realizaron
todas las pruebas y análisis (sangre, orina, sangre, resonancia, más sangre),
buscar y encontrar endocrinólogo, neurólogo y hospital, hacer que la
aseguradora cubriera los gastos, agendar la cita, lograr que todo fuera en
vacaciones… 3 meses y medio que se volvieron muy intensos para hacerme a la
idea de la gravedad, pero también de la importancia y suerte de todo el
proceso.
Agradezco a todas las
manos involucradas en forma de doctores, asistentes, enfermeros y secretarias,
a las personas pendientes, a quienes me pusieron en el camino, a las visitas en
casa y los mensajes y llamadas. Agradezco a los que se quedaron conmigo porque
no podía quedarme sola, porque necesitaba estar monitoreada, me mareaba, no
tenía fuerzas ni para bajar escaleras sola.
Agradezco a mi persona, a mi cuerpo y a mi Dios.
Después de 5 días en
el hospital y con una cuenta de la que no me he recuperado financieramente, vi
la vida con otros ojos. Una vida más tranquila, más en calma, que me encaminó a
hacer otros cambios en la vida en cuestiones de trabajo, autoexigencia, hábitos
de sueño y hasta de cantidades de café.
Cambios que me permiten ir sin prisa, subiendo y bajando la escalera,
escalón por escalón; que me permiten tomar el tiempo para caminar de un lugar a
otro porque ya no puedo ir corriendo.
Cambios que me permitieron pedir ayuda, porque hay muchas cosas con las
que ya no puedo sola; cambios que me obligan a organizarme mejor porque no
puedo desvelarme con la misma energía, cambios que me hacen voltear atrás y ver
que uno no es una talla ni una imagen en el espejo, es conocer y reconocer
cuando algo en el cuerpo no está bien y afrontarlo.
Nadie sabe cuándo es
el mejor momento mas que uno mismo, a mí me sirvió escucharme y decidirme, no
bastó con las miles de veces que mis amigos me dijeron “ve a checar eso”, nadie
hizo una cita por mí. La decisión viene
de uno mismo o no llega, no es solo estar feliz y orgulloso con el cuerpo y la
talla que se tiene, es saber cuándo ese cuerpo, independientemente de cómo sea,
está fallando… es reconocerlo y hacer algo por él, a favor de uno mismo.
Pasó un año, el tumor
puede volver. Ahora solo queda estar
pendiente de las señales y seguir llevando la vida con calma y jugar a bajar
otros 18 kilos… ahora sin cortisol.
martes, 16 de marzo de 2021
Estoy gorda y feliz
Hoy, veo al pasado con aceptación, no con culpa. Veo al pasado pensando en las veces en las que me sentía gorda, me veía a mí misma como gorda y no sabía qué tan flaca estaba. Ahora, no solo estoy gorda, también estoy hermosa y me acepto como tal.
Acepto mi sobre peso, el que viene desde la carne y no desde
la evasión, la ansiedad y la presión social.
Hoy abrazo mi cuerpo y lo acepto.
No como antes, ya no desde una talla 11 que me hacía sentir ancha, ni
desde una talla 13 que me hacía sentir grande. Me abrazo desde una talla 38
después de iniciar un proceso de amor, de cariño y de satisfacción personal
desde una talla 42.
No importa qué tanto me digan que me veo bien o mejor, veo
las fotos del pasado y recuerdo cómo me sentía antes, aunque me veía delgada no
me sentía así, no me satisfacía así. No
era gorda, pero así lo creía, así lo sentía… así me veía. No era gorda, pero no
sabía cómo sacarme provecho. Estaba
buenísima y no lo sabía. Mi cuerpo,
curvilíneo estaba bien, pero mi mente frustrada, no.
Veo las fotos en las que veía cachetes enormes, panza
desbordada y caderas muy anchas. Esas
fotos que resaltaban la papada, las chaparreras o la lonjita. Fotos que no me favorecían y a las que yo les
creía, dejándolas instalarse como imágenes fijas en mi cerebro como un cruel
recordatorio del cómo “me veía el exterior”, creyendo que así era en la
realidad… y vaya que la realidad era otra.
Itza del pasado, lo siento, no te defendí a tiempo, no te
quise como debería, no te cuidé como tenía que hacerlo. Discúlpame.
Propongo redimirnos, empezar a destruir esas capas de grasa desde el
amor y el cariño, desde la autoaceptación. No dejaremos que nadie más nos diga cómo nos
vemos ni cómo somos. Ninguna foto tendrá
ese poder. Porque no importa cuánta
agua, músculo o grasa haya en el cuerpo, serán más los kilos de autoestima los
que tendremos.
Te fallé, nos fallamos, pero eso quedó atrás. Pensemos solo en cómo Itza del futuro nos
verá y sonreirá por este pacto que estamos cerrando. Porque ella será quien recoja los frutos de
este revuelo, de esta levantada, de esta segunda oportunidad.
sábado, 27 de febrero de 2021
Princesa
“Para morir, se debe preparar la
casa, recibir al niño que supimos ser.
Saber pedirle perdón por tanta traición cometida, por tanta mentira, por
tanta sistemática decepción, por el ritmo perdido, por tanta belleza pasada por
alto”.
Cerró el libro, no estaba preparado para tanta verdad.
Enfrentar a su niño interior es algo que no había hecho nunca, que no sabía
cómo hacer. Una vez, cerró los ojos y el
mundo se detuvo por un segundo. Tuvo una
visión que continuó acechándolo durante años, cada vez que bajaba la guardia
volvía a aparecer esa imagen de sí mismo, un deja vú inverso, un recuerdo inventado. Se había visto de pie, a los 6 años, vestido
como princesa, sonriendo, apoyado sobre la pared, con una mano acomodando la
corona de papel dorado que estaba sobre su cabeza y, mientras se mordía el
labio, sonreía pícaramente.
No, no podía ser un recuerdo, nunca lo fue. No era él, era un alguien diferente que se parecía
a él, pero no había sido nunca parte de sí mismo. Era una princesa con un vestido rosa, ampón, acrepetado,
hermoso. Era una niña sonriente, sin
complejos, feliz. Era obvio que no era
él.
Volvió al libro, releyó la línea que le señalaba la cruda realidad:
“pedirle perdón por tanta traición cometida, por tanta mentira”. Pedirle perdón al niño que, ¿supimos ser? No,
no podía, porque nunca supo lo que era ser niño. Desde siempre fue adulto. Nació rodeado de ellos, creció imitándolos,
se desenvolvió como uno más desde las primeras etapas de su vida. Hablaba, caminaba y se expresaba como un
hombre mayor. Nunca jugó con sus pares,
nunca tuvo malas influencias, no quebró vidrios ni se raspó las rodillas. Sí, sabía montar una bicicleta, pero no para
levantarla en una llanta. Sí, sabía
patear un balón, pero no para anotar goles ni driblar a sus contrincantes. Sabía leer, lo disfrutaba, sabía apreciar la
buena música, la buena comida y la no compañía.
No, no sabía pedirle perdón al niño que no dejó ser, al
pequeño que no dejó crecer dentro de sí, no sabía cómo interpretar la visión de
sí mismo sonriendo con una ternura que era incapaz de sentir. Recordaba esa imagen de nuevo, él que no era
él, él vestido de princesa, él solo él, el cuarto vacío.
Tenía 48 años, una residencia antigua en donde vivir, un
negocio que le redituaba sin supervisión, una familia a la que no visitaba
nunca y mucho miedo de morir: también tenía cáncer. Se encontraba, como decía la frase,
“preparando la casa”. Estaba recordando
cada momento vivido y cada decepción sufrida. Estaba recordando cada emoción
suprimida, cada sonrisa reprimida, cada deseo frustrado que no se había
atrevido a convertir en realidad.
Aventó el libro a la chimenea, tomó las llaves del
automóvil, salió de la casa sin ponerle seguro a la puerta. Recorrió las calles
buscando. Recorrió la ciudad tratando de
encontrar ese vestido rosa, ampón, acrepetado, hermoso… y lo encontró.
Los empleados no podían evitar las risas nerviosas y
cómplices a sus espaldas mientras ponían la prenda dentro de una caja. Él la atesoró. La llevó entre sus brazos y se dirigió de
vuelta a casa. Se detuvo en la
papelería, un pliego de papel lustre color dorado sería suficiente. Llegó a su
hogar. No lo había nombrado así, hasta
ahora. Ahora que era solo una carcasa que no tenía a quien heredar, un
esqueleto frío que lo envolvía con sus brazos.
En lo privado de su habitación abrió la caja y desenvolvió
el vestido de tules pasteles que colocó cuidadosamente sobre la cama. Tomó el papel dorado y lo recortó como la
corona que recordaba, como parte de esa realeza que genuinamente le pertenecía
y que una vez estuvo lista, dejó a un lado del vestido. No necesitaría zapatos.
Se paró frente al espejo, con dedos temblorosos fue desabotonando
uno a uno sus complejos. Dejó la ropa en
el piso, bajo sus temores. Iba reconociéndose poco a poco, 48 años después,
reconociendo su propia belleza pasada por alto.
Cayó el pantalón como cayeron sus miedos y se despojó de los estándares
sociales en forma de trusa. Se quedó desnudo frente a sí mismo y se
sonrió. Sonrió como nunca, reflejándose
luminosamente en el cristal impregnado de mercurio.
Sostuvo sobre sus manos su destino color rosa pálido. Y se lo impuso a sí mismo sin cumplir con
nadie, subió la cremallera acariciando su cuerpo. Giró sobre sus plantas haciendo aún más
amplio el círculo de los volantes. Tomó con ambas manos la corona y con una
reverencia aunada a una estrambótica carcajada, la colocó sobre su cabeza. Se vio a sí mismo como siempre quiso
ser. Mordió su labio con una sonrisa
pícara. Una lágrima recorrió su mejilla.
Se aventó sobre la cama, estiró los brazos y fue feliz.
Tenía 48 años, una residencia antigua en donde morir, un
negocio que le redituaría a alguna asociación, una familia que quizás lloraría
en el funeral, pero ya no tenía miedo de morir: y ahora, tampoco tenía
cáncer.
Duelo y despedida...
Cada despedida es diferente. Decir adiós es más fácil cuando sabes que el hola de nuevo vendrá pronto, cuando la esperanza de volverse a ve...
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VIERNES Hoy extrañé tu mensaje de buenos días, ya me había acostumbrado a esas 3 simples palabras que siempre veía al despertar y ponían una...
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Dados los anteriores sucesos en los que la vida de millones de mexicanos se vio afectada, y no me refiero a la enfermedad sino a la imposibi...
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