martes, 27 de agosto de 2024

Good girls

Acabo de terminar las 4 temporadas de Good Girls y tengo un raro sinsabor... Una historia que promete empoderar a 3 mujeres comunes y corrientes, madres, de distintos estratos sociales, diferentes condiciones de vida pero unidas desde la adolescencia por una amistad inquebrantable. 

Esta serie empieza enfrentándolas a 3 problemas distintos: la enfermedad de una hija, la pérdida de la potestad y la bancarrota, por lo que deciden robar una sucursal del supermercado para cubrir sus deudas, pero descubren que le robaron a uno de los líderes mafiosos de su ciudad y ahora tienen que devolverlo. 

Con situaciones tontas e inverosímiles va tejiendo una red de errores que las va metiendo, voluntariamente, en las redes del tráfico de medicamentos y la falsificación de dólares americanos.  Decisiones, malas decisiones. De las 3 parejas de las mujeres solo se rescata uno, el esposo policía que se va corrompiendo moral y éticamente conforme va apoyando a su mujer a seguir avanzando en su camino criminal.  
¿Quién puede comprar un ferrari con el dinero robado sin que nadie lo note ni sospeche? Ellas.
¿Quién puede comprar y devolver cosas como si fuera biblioteca pública? Ellas
¿Quién puede esconder un cuerpo desmembrado en un refrigerador sin que nadie pregunte al respecto?  Ellas no, pero una amiga de ellas sí. 

Al pasar de los capítulos, se les van olvidando los personajes, son flojos en la construcción de sus motivos y no son consistentes con el cómo la historia los van cambiando, algunos personajes solo desaparecen.  Trata de hacerlo cómico pero no lo logran, es una historia triste, desgarradora. 

Son 3 mujeres que se encuentran un camino criminal y deciden seguir por él, corromperse, cambiando sus creencias, volviéndose los pilares de la economía familiar y aún así doblegarse porque no pueden dejar a sus hijos criados por el padre, rendirse ante el jefe que juega con ellas, les ofrece la luna y las estrellas, les promete más liderazgo y nunca logran ser suficientes.  Incluso después de dispararle, no lo matan. 

Y al final, solo son mujeres en un mundo de hombres que no les va a permitir salir de lo establecido, que no les va a dejar ser más ni siquiera en un mundo donde no hay valores ni lealtades, pero sí hay géneros y solo por eso, por ese detalle, es triste que 3 mujeres dispuestas a darlo todo (su integridad, valores, familia) por su ambición, terminen siendo nada... como siempre... como en la vida misma.  

martes, 24 de octubre de 2023

Se acabó

Hubo una vez una historia que comenzó como un cuento de hadas.  Dos personas que se vieron a los ojos y encontraron en la soledad del otro el reflejo de sí mismos. Dos vacíos que quisieron llenarse mutuamente. Dos entes incompletos que querían hacerse uno, que mientras más daban, menos tenían. 

Una historia de deseo y amor, con errores de uno que le dolían al otro, quien respondía con mentiras y engaños para hacer perder al uno. No hubo abusos, no hubo violencias, no hubo presión, pero tampoco crecimiento, ni logros, ni sueños cumplidos. Hubo lágrimas y momentos felices. Muchos de cada uno, pero poco de ambos, al mismo tiempo.  Hubo planes que se diluyeron con el tiempo y acuerdos que nunca dejaron de ser palabras. 

Hubo una historia y tuvo un final, que no necesariamente es feliz.  Un final, porque todo se acaba, aunque uno no quiera, porque el amor tiene fin, aunque el otro lo niegue. Hubo, pero ya no hay... porque ni el amor, ni las palabras, ni los deseos, ni las personas fueron suficientes. 

Se acabó.

Y con el final llegaron las noches sin lágrimas, sin angustia, sin desvelos. Llegaron los días vacíos, libres y sin otros planes más que ser uno mismo.  Se fueron las noches de acción e imaginación sin límite y llegaron los recuerdos y las memorias.  

Se acabó y comenzó el dolor que se camuflaba para no irse, queriendo quedarse y calar hondo.  Se acabó y el sufrimiento que apenas iniciaba ya asfixiaba. Porque cada final es un inicio, de lo mismo pero diferente forma. Amor, dolor, pasión, sufrimiento... inicio, final.  Todo y nada... Él y yo. 


jueves, 16 de marzo de 2023

Los objetos tienen alma

 Los objetos tienen alma

Se cubren con polvo esperando que alguien llegue y los descubra, los tome entre las manos y con un soplo de aire les quite el polvo acumulado, desean que las manos los acaricien aun que sea con un trapo intermediario. Desean ser vistos, reconocidos, recordados y mientras tanto se hacen pequeños, camuflados, se van haciendo invisibles a los ojos de quienes se han acostumbrado a ellos.  Desean ser vistos, pero se ocultan.  Desean ser amados, pero se esconden.  Es hasta que una mano amable los toca, los limpia, los usa... y así vuelven a vida.

Los objetos olvidados se hacen inútiles, se sienten solos, desechados y se descomponen porque el tiempo los va obligando a olvidar cómo funcionan, para qué están hechos, cuál es su sazón de ser. Los objetos olvidados se deterioran, el corazón se les alenta, la vida se les acorta, la tierra los envuelve y en lugar de unas manos tienen al polvo de cobija.  

Los objetos tienen alma, pero se cubre y se encierra en sí misma, evitando la vergüenza de no saberse útiles ni queridos, ni usados o reconocidos... muy parecido al ser humano. 


miércoles, 15 de marzo de 2023

Soy maestra...

Amo ser maestra, amo entrar a un salón de clases, preparar actividades y hasta calificar trabajos tediosos y mal escritos. Amo tener cada semestre personas nuevas de las cuales aprender. Amo tener retos llamados nuevos planes de estudio, nuevas materias, grupos difíciles o personas con dificultades para aprender.

Amo ayudarlos a descubrir lo que les gusta (o no), el potencial que tienen, perder el miedo y volver a intentar.  Amo hacer que mis alumnos se enfrenten a sí mismos y logren lo que creían que era imposible. Amo sufrir con las fechas límite y usarlas de pretexto para tomarme un café mientras leo ensayos, para mancharme las manos con tinta roja o para sorprenderme porque hicieron algo que no creían que fueran capaces de hacer. 

Amo comprar plumas de colores y lápices decorados para darlos de premio, repartir chocolates y compartirles paletas chiclosas.  Amo buscar pretextos para hacer clases más divertidas, para jugar con ellos, para hacer interacciones sustanciosas.  Amo generar aprendizajes, sueños y metas. 

Soy maestra, porque no puedo ser alumna toda la vida.

domingo, 17 de julio de 2022

Un año de cushing

17/07/2022

El 17 de julio de hace un año, estaba entrando a cirugía para quitarme un adenoma hipofisiario de 7.38 x 8.66 x 6.17 mm de forma trasnasal, es decir, que me sacaron un tumor de la cabeza por la nariz.

Así nomás. Hace 18 kilos y con el diagnóstico de Síndrome de Cushing por tumor de hipófisis, estuve con una central en el cuello y pasando la noche en terapia intensiva (lo normal para este caso).  Un moco de un tamaño diminuto que provocaba un exceso de cortisol, pasando los límites normales (entre 100 y 200), hasta los 2000. Este cortisol, también llamado la hormona del estrés provocaba en mí, insomnio, retención de líquidos, cambios de temperamento, temblores, muchos moretones, descompensaciones y sobre todo baja autoestima, me veía y me sentía tan mal que no quería ni salir de mi casa… y la pandemia me lo cumplió.

Por años, pensé que se me hinchaba el cuerpo porque viajaba y “cambiaba la presión”, en los últimos viajes a la ciudad de México era tanta la inflamación de mis pies que me tenían que inyectar para poder seguir usando los zapatos.  De un día al otro ya no podía usar la misma ropa porque simplemente no cabía.  Síntomas desapercibidos para alguien que siempre ha sido denominada gordita: cara redonda, una joroba de grasa, hinchazón, debilidad muscular, obesidad y estrías en el abdomen.

Postergué mi visita al médico por meses, tenía pánico a que hubiera algo mal en mí (como al final pasó), sin embargo, todo se fue dando de una forma tan rápida y certera que supe que estaba en el camino y en el momento adecuados. Desde la primera visita del doctor hasta la cirugía fueron 3 meses y medio, en los que se realizaron todas las pruebas y análisis (sangre, orina, sangre, resonancia, más sangre), buscar y encontrar endocrinólogo, neurólogo y hospital, hacer que la aseguradora cubriera los gastos, agendar la cita, lograr que todo fuera en vacaciones… 3 meses y medio que se volvieron muy intensos para hacerme a la idea de la gravedad, pero también de la importancia y suerte de todo el proceso.

Agradezco a todas las manos involucradas en forma de doctores, asistentes, enfermeros y secretarias, a las personas pendientes, a quienes me pusieron en el camino, a las visitas en casa y los mensajes y llamadas. Agradezco a los que se quedaron conmigo porque no podía quedarme sola, porque necesitaba estar monitoreada, me mareaba, no tenía fuerzas ni para bajar escaleras sola.  Agradezco a mi persona, a mi cuerpo y a mi Dios.

Después de 5 días en el hospital y con una cuenta de la que no me he recuperado financieramente, vi la vida con otros ojos. Una vida más tranquila, más en calma, que me encaminó a hacer otros cambios en la vida en cuestiones de trabajo, autoexigencia, hábitos de sueño y hasta de cantidades de café.  Cambios que me permiten ir sin prisa, subiendo y bajando la escalera, escalón por escalón; que me permiten tomar el tiempo para caminar de un lugar a otro porque ya no puedo ir corriendo.  Cambios que me permitieron pedir ayuda, porque hay muchas cosas con las que ya no puedo sola; cambios que me obligan a organizarme mejor porque no puedo desvelarme con la misma energía, cambios que me hacen voltear atrás y ver que uno no es una talla ni una imagen en el espejo, es conocer y reconocer cuando algo en el cuerpo no está bien y afrontarlo.

Nadie sabe cuándo es el mejor momento mas que uno mismo, a mí me sirvió escucharme y decidirme, no bastó con las miles de veces que mis amigos me dijeron “ve a checar eso”, nadie hizo una cita por mí.  La decisión viene de uno mismo o no llega, no es solo estar feliz y orgulloso con el cuerpo y la talla que se tiene, es saber cuándo ese cuerpo, independientemente de cómo sea, está fallando… es reconocerlo y hacer algo por él, a favor de uno mismo.

Pasó un año, el tumor puede volver.  Ahora solo queda estar pendiente de las señales y seguir llevando la vida con calma y jugar a bajar otros 18 kilos… ahora sin cortisol. 

martes, 16 de marzo de 2021

Estoy gorda y feliz

 Hoy, veo al pasado con aceptación, no con culpa.  Veo al pasado pensando en las veces en las que me sentía gorda, me veía a mí misma como gorda y no sabía qué tan flaca estaba.  Ahora, no solo estoy gorda, también estoy hermosa y me acepto como tal. 

Acepto mi sobre peso, el que viene desde la carne y no desde la evasión, la ansiedad y la presión social.  Hoy abrazo mi cuerpo y lo acepto.  No como antes, ya no desde una talla 11 que me hacía sentir ancha, ni desde una talla 13 que me hacía sentir grande. Me abrazo desde una talla 38 después de iniciar un proceso de amor, de cariño y de satisfacción personal desde una talla 42.

No importa qué tanto me digan que me veo bien o mejor, veo las fotos del pasado y recuerdo cómo me sentía antes, aunque me veía delgada no me sentía así, no me satisfacía así.  No era gorda, pero así lo creía, así lo sentía… así me veía. No era gorda, pero no sabía cómo sacarme provecho.  Estaba buenísima y no lo sabía.  Mi cuerpo, curvilíneo estaba bien, pero mi mente frustrada, no. 

Veo las fotos en las que veía cachetes enormes, panza desbordada y caderas muy anchas.  Esas fotos que resaltaban la papada, las chaparreras o la lonjita.  Fotos que no me favorecían y a las que yo les creía, dejándolas instalarse como imágenes fijas en mi cerebro como un cruel recordatorio del cómo “me veía el exterior”, creyendo que así era en la realidad… y vaya que la realidad era otra.

Itza del pasado, lo siento, no te defendí a tiempo, no te quise como debería, no te cuidé como tenía que hacerlo.  Discúlpame.  Propongo redimirnos, empezar a destruir esas capas de grasa desde el amor y el cariño, desde la autoaceptación.  No dejaremos que nadie más nos diga cómo nos vemos ni cómo somos.  Ninguna foto tendrá ese poder.  Porque no importa cuánta agua, músculo o grasa haya en el cuerpo, serán más los kilos de autoestima los que tendremos.

Te fallé, nos fallamos, pero eso quedó atrás.  Pensemos solo en cómo Itza del futuro nos verá y sonreirá por este pacto que estamos cerrando.  Porque ella será quien recoja los frutos de este revuelo, de esta levantada, de esta segunda oportunidad. 

sábado, 27 de febrero de 2021

Princesa

 

“Para morir, se debe preparar la casa, recibir al niño que supimos ser.  Saber pedirle perdón por tanta traición cometida, por tanta mentira, por tanta sistemática decepción, por el ritmo perdido, por tanta belleza pasada por alto”.

Cerró el libro, no estaba preparado para tanta verdad. Enfrentar a su niño interior es algo que no había hecho nunca, que no sabía cómo hacer.  Una vez, cerró los ojos y el mundo se detuvo por un segundo.  Tuvo una visión que continuó acechándolo durante años, cada vez que bajaba la guardia volvía a aparecer esa imagen de sí mismo, un deja vú inverso, un recuerdo inventado.  Se había visto de pie, a los 6 años, vestido como princesa, sonriendo, apoyado sobre la pared, con una mano acomodando la corona de papel dorado que estaba sobre su cabeza y, mientras se mordía el labio, sonreía pícaramente. 

No, no podía ser un recuerdo, nunca lo fue.  No era él, era un alguien diferente que se parecía a él, pero no había sido nunca parte de sí mismo.  Era una princesa con un vestido rosa, ampón, acrepetado, hermoso.  Era una niña sonriente, sin complejos, feliz.  Era obvio que no era él.

Volvió al libro, releyó la línea que le señalaba la cruda realidad: “pedirle perdón por tanta traición cometida, por tanta mentira”.  Pedirle perdón al niño que, ¿supimos ser? No, no podía, porque nunca supo lo que era ser niño.  Desde siempre fue adulto.  Nació rodeado de ellos, creció imitándolos, se desenvolvió como uno más desde las primeras etapas de su vida.  Hablaba, caminaba y se expresaba como un hombre mayor.  Nunca jugó con sus pares, nunca tuvo malas influencias, no quebró vidrios ni se raspó las rodillas.  Sí, sabía montar una bicicleta, pero no para levantarla en una llanta.  Sí, sabía patear un balón, pero no para anotar goles ni driblar a sus contrincantes.  Sabía leer, lo disfrutaba, sabía apreciar la buena música, la buena comida y la no compañía. 

No, no sabía pedirle perdón al niño que no dejó ser, al pequeño que no dejó crecer dentro de sí, no sabía cómo interpretar la visión de sí mismo sonriendo con una ternura que era incapaz de sentir.  Recordaba esa imagen de nuevo, él que no era él, él vestido de princesa, él solo él, el cuarto vacío. 

Tenía 48 años, una residencia antigua en donde vivir, un negocio que le redituaba sin supervisión, una familia a la que no visitaba nunca y mucho miedo de morir: también tenía cáncer.  Se encontraba, como decía la frase, “preparando la casa”.  Estaba recordando cada momento vivido y cada decepción sufrida. Estaba recordando cada emoción suprimida, cada sonrisa reprimida, cada deseo frustrado que no se había atrevido a convertir en realidad.

Aventó el libro a la chimenea, tomó las llaves del automóvil, salió de la casa sin ponerle seguro a la puerta. Recorrió las calles buscando.  Recorrió la ciudad tratando de encontrar ese vestido rosa, ampón, acrepetado, hermoso… y lo encontró. 

Los empleados no podían evitar las risas nerviosas y cómplices a sus espaldas mientras ponían la prenda dentro de una caja.  Él la atesoró.  La llevó entre sus brazos y se dirigió de vuelta a casa.  Se detuvo en la papelería, un pliego de papel lustre color dorado sería suficiente. Llegó a su hogar.  No lo había nombrado así, hasta ahora. Ahora que era solo una carcasa que no tenía a quien heredar, un esqueleto frío que lo envolvía con sus brazos.

En lo privado de su habitación abrió la caja y desenvolvió el vestido de tules pasteles que colocó cuidadosamente sobre la cama.  Tomó el papel dorado y lo recortó como la corona que recordaba, como parte de esa realeza que genuinamente le pertenecía y que una vez estuvo lista, dejó a un lado del vestido.  No necesitaría zapatos.

Se paró frente al espejo, con dedos temblorosos fue desabotonando uno a uno sus complejos.  Dejó la ropa en el piso, bajo sus temores. Iba reconociéndose poco a poco, 48 años después, reconociendo su propia belleza pasada por alto.  Cayó el pantalón como cayeron sus miedos y se despojó de los estándares sociales en forma de trusa. Se quedó desnudo frente a sí mismo y se sonrió.  Sonrió como nunca, reflejándose luminosamente en el cristal impregnado de mercurio.

Sostuvo sobre sus manos su destino color rosa pálido.  Y se lo impuso a sí mismo sin cumplir con nadie, subió la cremallera acariciando su cuerpo.  Giró sobre sus plantas haciendo aún más amplio el círculo de los volantes. Tomó con ambas manos la corona y con una reverencia aunada a una estrambótica carcajada, la colocó sobre su cabeza.  Se vio a sí mismo como siempre quiso ser.  Mordió su labio con una sonrisa pícara.  Una lágrima recorrió su mejilla. Se aventó sobre la cama, estiró los brazos y fue feliz.

Tenía 48 años, una residencia antigua en donde morir, un negocio que le redituaría a alguna asociación, una familia que quizás lloraría en el funeral, pero ya no tenía miedo de morir: y ahora, tampoco tenía cáncer. 


Duelo y despedida...

Cada despedida es diferente.  Decir adiós es más fácil cuando sabes que el hola de nuevo vendrá pronto, cuando la esperanza de volverse a ve...